El Gallo en la Historia

árbol genealógico del gallo.
árbol genealógico del gallo.

 

¿Todos nos hemos preguntado, de dónde salió el primer gallo doméstico?.

 

Los naturalistas se muestran unánimes en afirmar que el estado natural del gallo es el salvaje, y que su primera manifestación de domesticidad, aunque perdiéndose en la obscuridad de los tiempos, debió-se al hombre que en la más remota antigüedad supo apreciarlo en sus diversas utilidades.

 

Algunos suponen, y tal vez no sin fundamento, que Asia fue el país originario del gallo salvaje, y ciertos autores ven aún en las razas asiáticas el tipo que afirman debió tener el Adán de esas aves.

 

Pero otros, como por ejemplo el P. Acosta, afirman que, cuando los españoles abordaron las playas del Perú existían allí gallos salvajes llamados por los indígenas talpa o ponto, en lengua del país.

 

Si oriundo de Asia, el paso del gallo a las tierras americanas debí-ose ya remontar al momento histórico en que los primeros pobladores del Nuevo Mundo a él llegaron, pues no siendo el gallo ave de vuelo fuerte y sostenido, no pudo posteriormente atravesar el mar y propagarse en América como animal salvaje.

 

Si a esto se añade que hay quien afirma conocerse de muy antiguo el gallo salvaje en Filipinas y otros, en fin , dicen que en el Congo se cazaban gallos y gallinas salvajes de un sabor mucho más suculento que las domésticas, y a ello hay que agregar que la antigua Celtiberia estaba tan poblada de esas aves, que cuando la invadieron los romanos buscaron su nombre por el de Galia de Gallus (gallo); nos encontramos con esa ave como animal salvaje en las cinco partes del mundo, y por lo tanto el problema se presenta de difícil solución, y no vamos a presumir de listos tratando de resolverlo nosotros.

 

Los naturalistas suelen presentar como razas salvajes la Banquiva o de java, raza enana de la isla de Java (Indias Orientales), las de Sonnerati, Lafayettie, Varius, razas también indianas, de regular tamaño, y la Malaya, raza gigante de la Península de Malaca; la de Sumatra, también voluminosa, y otras del Archipiélago Norte de Oceanía y Sur Asiático, sin que, a pesar de señalarnos la existencia de los gallos salvajes de Europa, América y África, se nos describan, como parece debiera acontecer siendo razas ya de antiguo conocidas.

 

 

Ello permite suponer que esas tres razas de Java, Sonnerati y Malaya, a su vez enana, mediana y gigante, respectivamente, pudieran mur bien haber dado origen a las razas domésticas correspondientes a estos tres tamaños, pero tal vez ello no es más que pura conjetura y sólo a título de hipótesis puede sentarse.

 

Lo cierto es que esas otras razas salvajes, que tal vez ni aun los mismos naturalistas han llegado a conocer, debieron familiarizarse de tal modo con el hombre que, aceptando paulatinamente sus cuidados, abandonaron sus costumbres nómadas por las sedentarias y acabaron por someterse a la domesticidad más completa.

 

Hemos supuesto que ese cambio de costumbres no se hizo rápidamente, porque algunos escritores antiguos que acudieron a las tierras nuevamente conquistadas por los insignes navegantes del primer período de los descubrimientos, afirman haber visto numerosas bandadas de gallos y gallinas salvajes acogiéndose por las noches bajo el techo de cabañas dispuestas al efecto junto a las casas o chozas en las que se les solía dar algún alimento a la caída de la tarde.

 

Ello era el primer síntoma de su predisposición al abandono de sus costumbres salvajes, que el clima y los alimentos fueron acentuando, hasta el punto de lograrse no sólo su perfecta domesticidad sí no que también el cambio de formas y proporciones.

 

No de otro modo se ha logrado la fantasía de los aficionados o avicultores, crear tal número de tipos distintos, que hoy hacen ya poco menos que imposible conocer tantas variedades corno existen tanto en el Viejo y el Nuevo continente.

 

Por lo que a Europa y aun a nuestras regiones se refiere, diremos que un hecho históricamente comprobado como antes se ha dicho que en la Celtiberia se criaba numerosas bandadas de gallos y gallinas procedentes, sin duda, de la variedad salvaje existente en el Pirineo, y de la que aún, de vez en cuando, se caza algún ejemplar más o menos degenerado, pero al fin, es variedad salvaje, que prueba que en otros tiempos en que la caza fue menos perseguida debió haberla en abundancia.

 

A ello, repetimos, debió el cambio de su nombre por el de Gallia, no por ser el único país civilizado que conocía la especie, pues Roma y Grecia de antiguo ya la criaban, pero sí porque siendo las tribus celtíberas las más adelantadas en cuanto a la agricultura se refería, supieron antes que aquéllos y otros pueblos al parecer más civilizados, lo que a la gallina podía pedirse y se hallaba en condiciones de producir.

 

Afirman los escritores griegos y romanos que los egipcios, siglos antes de Jesucristo, poseían el arte de incubar artificialmente los huevos de gallina, y aunque posteriormente y por datos irrecusables se sabe que Egipto tomó la idea de China y Persia que, en otra forma, le llevaron adelanto en la incubación artificial, es de reconocer que llegó a su más alto grado de perfección, y hasta nuestros días viene practicándose con imperturbable regularidad.

 

Mas no siempre se tuvo al gallo como ave de consumo, y los pueblos antiguos mirándolo bajo distintos aspectos.

 

Los hebreos consideraban como animal impuro, esto es, impropio al sacrificio, al paso que los persas lo veneraron y los chinos lo inmolaron y aun hoy lo inmolan en sacrificio.

 

Entre los celtas, el gallo, símbolo de la vigilancia, reloj nocturno que señala las horas con incomprensible regularidad, fue consagrado al sol, contribuyendo a ello, al decir de algunos historiadores, su brillante postura, la viveza de sus movimientos y el fuego de su mirada.


 

Los romanos tuvieron a los gallos como excelentes augures, criando-los como aves sagradas, y durante largo tiempo nada hacía el pueblo romano sin que se les consultara, creyendo ver en sus movimientos, o en su mayor o menor apetito, el consejo que se les daba, y en consecuencia la resolución que debían tomar.

 

Posteriormente la gastronomía pudo más que el fervor religioso, y la historia nos revela que el gallus spado (capón) y la gallina spadonia ( poularda o polla cebada) fueron manjar predilecto de los dominadores del mundo, cuyas costumbres y manera de considerar el ave fueron totalmente modificadas.

 

Más tarde, así los griegos como los romanos, explotaron los instintos belicosos del gallo, y llevados por la corriente de la época, crearon las riñas de gallos, conservadas aún entre nuestras civilizadas generaciones. Las islas de Rodas y de Cos, Persia y Media, fueron los grandes criaderos de los primitivos gallos de combate, haciéndose una especialidad de la cría de aves de pelea, como lo han hecho hoy los ingleses y otros países y comarcas no muy lejanas.

 

La figura del gallo sobresale en distintos momentos de la historia de ciertos pueblos, y algunos hicieron por el emblema del valor y de la actividad, como los griegos que lo consagraron a sus dioses de la guerra.

 

Otros inmolaban a Esculapio, dios de la medicina, cuando se salía de una larga o penosa enfermedad.

 

Los hubo que lo tomaron como distintivo en sus armas, y entre ellos los antiguos galos y los modernos franceses, que en 1789 y 1830 lo lucieron como emblema nacional.

 

Nosotros mismos, los cristianos, no podemos dejar de ver al gallo como actor en uno de los más tiernos pasos de la sacro-santa pasión de Cristo, que hizo ver a Pedro su mal proceder y advirtió-le su error por el canto del gallo, cuya efigie nunca deja de acompañar a la del primer apóstol y Papa.

 

Así, pues, como puede verse, que el gallo es uno de los animales que más han figurado en la historia, y no es en balde que le dediquemos especial cariño y atención.

 

Pero hoy los tiempos han cambiado y no es ya ni un augur, ni un emblema; sólo sigue siendo para la mayoría de los pueblos ave de sacrificio, más no para el holocausto de los dioses, sino en provecho propio, por sus diversas y numerosas utilidades.

 

Dicho sea en honor a la verdad que en la antigua Grecia, cuando el paganismo imperaba en todo su esplendor, no faltó un sabio que colocó al ave en su verdadero terreno.

 

El viejo Sócrates, ferviente aficionado a las aves de corral, burlábase en efecto con frecuencia de los que sólo veían en gallos y gallinas divinidades, diciéndoles que él las quería porque le daban huevos, igual de como amaba a su mujer porque le daba hijos.

 

El Gallus Gallus

 

 

 

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